La magia de Spotify: innovación 1.0 en el mundo del 2.0. No todo iba a ser web social.

por LSGalan –

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Ha pasado cierto tiempo, y es interesante revisar productos como Spotify tras bastantes meses, pues tuve la suerte de ser invitado cuando aún llevaba muy poco por su country manager en España. Spotify consigue convertir el contenido en servicio, y, si bien no era muy original, pues la música es algo recurrente en Internet, en su ejecución están demostrando una ausencia de prejuicios digna de mención:

  1. Rompieron el molde de no instalar aplicaciones en el ordenador. Casi nadie concede el nivel de permiso suficiente para instalar una aplicación en su ordenador a día de hoy. El usuario se ha hecho más cauteloso para instalar, y en oficinas y lugares públicos de acceso a la red hay restricciones a la instalación de aplicaciones. Están demostrando que si la aplicación es ligera, el usuario puede querer instalarla. Estar en el escritorio crea una barrera de entrada al resto de competidores y facilita que la música se dé en régimen de alquiler, importante para el modelo de negocio.
  2. Resulta muy curioso cómo han reducido la participación del usuario a la mínima expresión. En el fondo, supone una vuelta a lo que decíamos ayer de que “content is King”. Con la conversión del contenido en commodity, muchos servicios se centraron más en facetas comunitarias, de intercambio de opiniones en relación con los contenidos, que tampoco se van a infravalorar, pues hacen su aportación. Por ejemplo, en música, se desvió  la generación de ingresos del propio contenido a los politonos para el móvil o las entradas a conciertos, y en Internet, muchos modelos se centraban también en bienes colaterales y no en la propia experiencia musical. Spotify, si consigue progresar, podría revertir en parte esta tendencia. Con este servicio, el eje de actuación vuelve a desplazarse hacia el contenido. De hecho, no se han preocupado mucho en que el usuario pueda votar ni comentar las canciones, en contra de las indicaciones que solemos considerar actuales.
  3. Por otro lado apenas se ven ahora mismo en Spotify contenidos amateur. Esta restricción supone una ruptura del paradigma del contenido generado por el usuario. En Spotify no se encuentran comentarios, reventa de entradas, votos. Hay una calificación de “popularidad” pero ni siquiera detallan en base a qué se hace aunque se intuye que será por el número de veces que se ha escuchado.
  4. Como hulu en vídeos, que adoptó una estrategia similar frente a Youtube, han vuelto a fiarse en las discográficas como selectoras de talento, y veremos si los usuarios finales se fían de Spotify. Por el momento, no se encuentra accesible un botón “sube tus canciones” como en MySpace u otras plataformas. No significa que no salten en algún momento al contenido amateur, pero el core lo han construido con contenidos de discográficas, cuando, seguramente, esos contratos no habrán sido fáciles de negociar y seguro que hubiera sido más sencillo lanzar con contenido amateur.
  5. La música se cede en régimen de alquiler. Aunque se pueda transportar, la música no está en archivos totalmente utilizables por el usuario final. Este punto es fundamental para convertir el contenido el servicio. No es lo mismo vender un archivo que vender la disponibilidad de acceder al archivo cómo y cuándo quiera el usuario.

En suma, da la impresión de que Spotify se ha volcado en resolver el problema de la música con un proyecto pensado sin muchos de los sesgos y prejuicios que tenemos al analizar los negocios basados en contenidos digitales. Si Spotify se hubiera apoyado en muchas de las creencias que se manejan habitualmente habría evitado ofrecer una aplicación, habría mezclado contenido profesional con amateur, habría basado en los usuarios la selección de la música, y habría dado los archivos mp3 a los usuarios finales. ¿Hubiera tenido un grado de éxito similar?

Lo que es lo mismo, si Spotify no se hubiera despojado de tales prejuicios para desarrollarse, no sería lo que es ahora mismo. Independientemente del resultado final, parece que van por un camino muy acertado. Aspiran a que el 10% pague y la satisfacción con el producto parece ser generalizada.

Mucho hay que aprender, no sólo de las creencias que parece estar desmontando Spotify, sino de cómo se puede pensar sin ataduras por “consensos”. Spotify es el servicio que está volviendo a poner en valor la música hecha y seleccionada por profesionales, poniendo en un segundo nivel de prioridad la participación del usuario.  Esto no niega nada a la web social, simplemente, confirma que cada cual puede tener su receta. Resulta muy curioso ver cómo en la época de la participación, del gusto y el criterio convertido a una democracia digital, un paso “atrás” en la evolución y una vuelta a contenidos profesionalizados, junto con otros ingredientes de éxito se ven como una innovación.  Para tomar nota.

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